
Tenemos cuarenta y cinco años y es 28 de agosto. Estamos bajo una parra, hay niños que corretean bajo la mesa de piedra, un triciclo volcado y son las ocho de la tarde. Cantamos Perdió las alas, es el estribillo y nos desgañitamos. Igual que hace dieciséis años. Bueno, igual no: yo apenas desafino. Algunos de los niños mueven la boca y tararean la canción mientras juegan entre ellos. En la mesa hay vino y somos menos de doce, pero más de siete adultos que sonríen y disimulan mientras manchan el mantel y brindan porque todavía falta lo mejor.